martes, 16 de agosto de 2016

El astrónomo aficionado que Gabriel García Márquez llevaba dentro

El astrónomo aficionado que Gabriel García Márquez llevaba dentro
José Mesa repasó la obra del nobel y recopiló referencias a eventos astronómicos y al universo.
Por:  NICOLÁS CONGOTE GUTIÉRREZ | 
 8:45 a.m. | 18 de mayo de 2016
 José Mesa, ingeniero y astrónomo aficionado, recopiló en el libro 'La astronomía en la obra de García Márquez' referencias cautivantes a las estrellas, las constelaciones y el universo.
Foto: Archivo / EL TIEMPO
José Mesa, ingeniero y astrónomo aficionado, recopiló en el libro 'La astronomía en la obra de García Márquez' referencias cautivantes a las estrellas, las constelaciones y el universo.
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"La primera condición del realismo mágico, como su nombre lo indica, es que sea un hecho rigurosamente cierto que, sin embargo, parece fantástico". Ese era, en palabras del propio Gabriel García Márquez, el significado del realismo mágico de sus obras, en las que los relatos fantásticos explotaban la imaginación y donde las actividades ordinarias de sus personajes únicos parecían fantasía.
Y allí la astronomía encajaba perfectamente. En sus obras, el nobel colombiano escribió de los movimientos del Sol, de las constelaciones, de las estrellas, de eclipses y del viaje a la Luna.
Una muestra de esa curiosidad y del interés de Gabo por estos temas se evidencia en el libro ‘La astronomía en la obra de García Márquez’, en el que José Antonio Mesa, ingeniero de profesión y astrónomo aficionado desde hace más de 30 años, recoge extractos del trabajo literario del nobel en los que hace alusión a lo que se ve en el cielo.
Sobre este homenaje habló en Comunicando la Astronomía para el Público (CAP2016), el evento de comunicación y divulgación más grande del mundo en este campo, que por primera vez se celebra en Latinoamérica y que tiene como sede este año al Parque Explora de Medellín.
Mesa tardó cerca de 10 años para seleccionar esos fragmentos y como parte de su investigación entrevistó a personas cercanas de la familia del escritor, así como a amigos y analistas, con la intención de hallar la razón de su interés por el cosmos. “Nadie me dio una explicación. La respuesta que me dieron fue que Gabo era un genio. La intención mía era buscarlo para que me leyera un fragmento de ‘El general en su laberinto’ increíblemente detallado en esta materia”, señala.
Ese fragmento dice así:
“La última noche de navegación, mientras velaba junto a la hamaca del general, José Palacios oyó que Carreño dijo desde la proa del champán: ‘Siete mil ochocientos ochenta y dos’. ‘¿De qué estamos hablando?’, le preguntó José Palacios. ‘De las estrellas, dijo Carreño. El general abrió los ojos, convencido de que Carreño estaba hablando dormido, y se incorporó en la hamaca para ver la noche a través de la ventana. Era inmensa y radiante, y las estrellas nítidas no dejaban un espacio en el cielo. ‘Deben ser como diez veces más, dijo el general’. ‘Son las que dije’, dijo Carreño, ‘más dos errantes que pasaron mientras las contaba. Entonces, el general abandonó la hamaca, y lo vio tendido bocarriba en la proa, más despierto que nunca, con el torso desnudo cruzado de cicatrices enmarañadas, y contando las estrellas con el muñón del brazo”.

Y es que las referencias astronómicas las incluyó el nobel incluso cuando hizo referencia a su fecha de nacimiento:
“Fue así como nació en Aracataca el primero de siete varones y cuatro mujeres el 6 de marzo de 1927. Con un aguacero torrencial, fuera de estación, mientras el cielo de Tauro se alzaba en el horizonte”.

Mesa es uno de esos aficionados a la astronomía que viajó a ver el lanzamiento de misiones espaciales a la Luna y que presenció el despegue de los transbordadores espaciales antes de ser jubilados en julio del 2011. Y como seguidor de la obra de Gabo quiso hacerle un homenaje con su libro, que nació a partir de la publicación de una breve referencia astronómica que encontró en ‘Cien años de soledad’:
“Por el amor de Dios–protestó Amaranta–, fíjese por dónde camina. ‘Eres tú –dijo Úrsula– la que estás sentada donde no debe ser’. Para ella era cierto. Pero aquel día empezó a darse cuenta de algo que nadie había descubierto, y era que en el transcurso del año el Sol iba cambiando imperceptiblemente de posición, y quienes se sentaban en el corredor tenían que ir cambiando de lugar poco a poco y sin advertirlo. A partir de entonces, Úrsula no tenía sino que recordar la fecha para conocer el lugar exacto en que estaba sentada Amaranta”.

Eso –dice Mesa– es astronomía de posición.
Su sueño era sentarse con Gabo para escarbar en su pasión por el cielo, pero no pudo hacerlo. “En la revisión que hice de sus libros, cuando ya casi la había terminado, él murió. La verificación, la lectura, todo quedó pendiente, pero hice una nueva investigación y encontré más cosas: que en su obra no editada también hace referencia a la Luna”, dice.
Cita un artículo de cuatro páginas titulado ‘25.000 millones de kilómetros cuadrados sin una flor’. De acuerdo con Mesa, Gabo hace una revisión de las visitas que habían hecho las naves espaciales a los planetas del sistema solar y de lo que habían encontrado. A partir de ahí hizo un inventario y concluyó que de encontrar vida no iba a ser más que las de las cucarachas o de microorganismos. En ese artículo el nobel escribió:
“Júpiter, 317 veces más grande que la Tierra es un bobo gigantesco con 200 grados bajo cero. Después de la fructífera exploración de Saturno solo nos falta por conocer a Urano, Neptuno y Plutón, los tres ancianos solitarios de los suburbios solares, cuyas órbitas son tan desmesuradas que el último de ellos se demora más de 248 años de los nuestros para terminar una vuelta alrededor del Sol”.

Pese a no haber hallado esa respuesta sobre la motivación de Gabo para escribir sobre el universo, Mesa dice que el escritor sí se lo preguntó alguna vez: “Dijo que lo hacía para contar las verdades del universo y evitar así que los niños fueran al cine a llenarse sus cabezas de mentiras”, agrega Mesa.
Las muestras abundan en la extensa obra de García Márquez, desde detalles pequeños como que en ‘El otoño del patriarca’ la palabra eclipse aparece 17 veces, o en ‘Relato de un náufrago’, donde el nobel escribió:
“Esa noche me costó trabajo encontrar la Osa Menor, perdida en una confusa e interminable maraña de estrellas. Nunca había visto tantas. En toda la extensión del cielo era difícil encontrar un punto vacío, pero desde que localicé la Osa Menor no me atrevía a mirar a otro lado. No sé por qué me sentía menos solo mirando la Osa Menor. En Cartagena, cuando teníamos franquicia, nos sentábamos en el puente de Manga a la madrugada, mientras Ramón Herrera cantaba imitando a Daniel Santos y alguien lo acompañaba con una guitarra. Sentado en el borde de la piedra yo descubría siempre la Osa Menor por los lados del Cerro de la Popa”.

Tras la publicación de su texto, en julio del 2015, Mesa ahora busca que el nombre de García Márquez quede para siempre en el universo, como sucede con otros importantes personajes de la literatura.
Lo puse en el epílogo: “Pueda esta obra ser un aporte para tener en el futuro una nueva luna, un cometa, un asteroide, un planetoide, un satélite, una misión espacial o una galaxia que se bautice como Amaranta, José Arcadio o García Márquez”.
Y la posibilidad puede no estar tan lejos de la realidad, aunque sí a millones de kilómetros de la Tierra, en los suburbios solares, como los llamaba Gabo. El completo y extenso escaneo que logró la sonda New Horizons en Plutón llevará a que todo sobre la superficie del planeta enano tenga nombre y quizás ahí el nobel colombiano pueda ser inmortalizado.

NICOLÁS CONGOTE GUTIÉRREZ
Enviado especial de EL TIEMPO
Con invitación de Parque Explora
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