lunes, 15 de agosto de 2016

El sueño de Alejandro


Jue, 28 de Jul, 2016 4:29 pm . Enviado por:
Al cumplirse los 47 años de la primera llegada humana a la Luna, creo
oportuno copiar lo que escribiera en ese momento la que siendo una niña de
once años le puso el nombre a Plutón. Es un delicioso relato, a mi modo de
entender.

*EL SUEÑO DE ALEJANDRO Planetario de Pamplona - (2001)*

*HISTORIAS, MITOS Y LEYENDAS QUE GUIARON A LOS PADRES DE NUESTRA
CIVILIZACIÓN*

"Hoy es un día histórico. Hoy se ha cumplido uno de los sueños de las
cuarenta mil generaciones de hombres y mujeres que nos han precedido. Hoy,
20 de julio de 1969, el Eagle se ha posado suavemente sobre la superficie
iluminada del Mar de la Tranquilidad. Hoy, por fin, el hombre ha pisado
otro mundo". Quien así habla no es sino Venetia Burney, la niña que en 1930
dio nombre al nuevo planeta del sistema solar descubierto por el astrónomo
Clyde Tombaugh: Plutón. Ahora, a sus cincuenta años, es testigo de la
llegada a la Luna del Apolo XI. Y recuerda el viaje en barco que con 11
años le llevó por las costas del Mediterráneo. En ese viaje, leyendo una
biografía de Alejandro de Macedonia, contemplando los cielos que miraron
los helenos, reconstruye una odisea de conquista y conocimiento.

En "El Sueño de Alejandro" nos acercamos al mundo de aquel visionario que
quiso dominar el mundo conocido para crear uno nuevo. Su última mirada
reflejaba las estrellas, un cielo poblado de seres mitológicos e historias
dibujadas entre las constelaciones. Un viaje que hoy ciframos en
coordenadas de latitud y longitud, midiendo el tiempo con la precisión de
los cronómetros, y que antaño se reflejaba en un cielo marcado por los
movimientos del Sol, de la Luna y los planetas que, hoy, no es tan
diferente del que vieron las tropas del héroe macedonio. Venetia, la
narradora, sabe que todos somos hijos de Alejandro, del espíritu que lo
guió para conquistar y conocer el mundo. Su sueño es nuestro sueño.

Hoy es un día histórico. Hoy se ha cumplido uno de los sueños de las
cuarenta mil generaciones de hombres y mujeres que nos han precedido. Hoy,
20 de julio de 1969, el Eagle se ha posado suavemente sobre la superficie
iluminada del Mar de la Tranquilidad.
Hoy, por fin, el Hombre ha pisado otro mundo.
Perdón, aún no me he presentado. Mi nombre es Venetia, Venetia Burney.
Tengo 50 años y quizá no hayáis oído hablar de mí, pero yo nombré al último
mundo, el noveno planeta de nuestro Sistema Solar. Yo, di nombre a Plutón.
Tenía entonces sólo 11 años, pero recuerdo muy bien cuando se lo comenté a
mi abuelo mientras desayunaba. Los días anteriores había oído, en las
tertulias que solían entablarse tras las comidas, las discusiones sobre el
tema que avivaban los periódicos. Que si el nuevo planeta descubierto por
Tombaugh el 13 de marzo debía llamarse Zeus, o Lowell, o Constance. ¡Qué
horror! ¡Constance! Era horrible y tan ridículo... así que, ¿por qué no dar
mi opinión?
"Abuelo, ese mundo nuevo que está tan lejos debe ser muy frío y oscuro,
¿no? Pues... creo yo que deberían llamarlo Plutón, como el Dios romano de
las profundidades de la Tierra, el Hades de los griegos, el dios de los
infiernos fríos y oscuros. Además, su nombre Griego significa "el
invisible", y el otro día os oí decir que se había hecho mucho de rogar
hasta que ese americano lo encontró, que incluso se había llevado por
delante a Percival Lowell, el "Alma Mater" de su búsqueda."

Luego olvidé mis comentarios y seguí, en mi colegio de Oxford, jugando con
mis amigas y leyendo mitología y a los autores clásicos. Mientras mi cuerpo
crecía poco a poco, mi mente volaba con las historias de nuestros
antepasados, porque yo también, como Shelley, el marido de la creadora de
Frankenstein, creo que todos somos griegos, y que como decía Esquilo:
"todos estamos comiendo de los mendrugos de la gran mesa de Homero" Y esa
gran mesa, todos los días, y sobre todo, todas las noches, se abría para
los mortales.

Su descubrimiento fue un premio de mi abuelo. El nombre que yo había
propuesto, el del otro hermano varón de Júpiter y Neptuno, había sido
aceptado. No solo respetaba la tradición sino que además las dos primeras
letras del nombre rendían un homenaje eterno al hombre que con tanto ahínco
había buscado al planeta: Percival Lowell, quien también daba nombre al
observatorio desde el que se había descubierto. La noticia la dio el TIMES
y mi abuelo me dijo que le pidiera lo que quisiera. Yo era muy ingenua y la
Luna siempre me había fascinado. Hacía no mucho que los hermanos Wright
habían hecho realidad el sueño de Ícaro.

Pero no, no le pedí la Luna, aunque algo me decía que no estaba tan lejos,
lo que yo le pedí fue... un libro sobre la historia de Alejandro de
Macedonia. Y mi abuelo me lo compró con la condición de que lo leyera
durante el viaje. El viaje era su premio. Nunca lo olvidaré. Fue un viaje
iniciático. Mi abuelo, la lectura... el cielo, lo hicieron mágico.

Nuestro punto de partida fue Greenwich, desde allí decía mi abuelo que se
contaban los kilómetros, que allí comenzaba el Mundo, que desde allí se
contaba el tiempo. Además, debía ser verdad, porque en la escuela, ya había
visto cómo la red de paralelos y meridianos, la líneas del Mapamundi,
tenían sus ceros en el Ecuador y en el meridiano que pasaba por Greenwich
respectivamente. Así se puede encontrar cualquier punto de la tierra
simplemente sabiendo su latitud y longitud.

La latitud que, puede ser Norte o Sur, se cuenta en grados a partir del
cero en el ecuador y hasta el 90 en los polos. La longitud en cambio, puede
ser Este u Oeste, ya nos encontremos a un lado o a otro del meridiano que
pasa por este observatorio. Allí nos contaron que la determinación de la
latitud de cualquier punto de la Tierra es relativamente sencillo, ya que
se puede obtener directamente de la observación de la altura de la Polar
sobre el horizonte. Por ejemplo, si esta estrella se encuentra a 42 grados
de altura sobre la horizontal, entonces estamos situados en un lugar a 42
grados de latitud Norte. Si nos desplazamos en dirección al polo Norte,
veremos cómo la Polar va ganando altura progresivamente En este punto, en
el Polo Norte de la Tierra, la estrella Polar se sitúa sobre nuestras
cabezas, a 90 grados del horizonte.

Estamos a 90 grados de latitud Norte. En este lugar la rotación terrestre
hace que las estrellas describan circunferencias paralelas al horizonte y
los Puntos Cardinales pierden su definición. Aquí, todos los puntos del
horizonte se encuentran en dirección Sur. Si nos movemos hacia el Sur,
aparecen de nuevo los cuatro puntos cardinales y la estrella Polar va
perdiendo altura en la misma medida en que nosotros nos acercamos al
Ecuador. Cuando lo alcancemos la latitud será cero y la estrella polar se
encontrará justo en el horizonte. Desde aquí, podrían observarse tanto las
estrellas del hemisferio Norte Celeste, como las del Sur. Más al Sur la
determinación de la latitud se complica un poco.

En esta parte de la bóveda celeste no existe ninguna estrella que se sitúe
cerca del punto fijo. Los exploradores que visitaban estas latitudes usaban
las estrellas de la Cruz del Sur para encontrarlo, esas estrellas que
aparecen en las banderas de nuestras colonias australes: Nueva Zelanda y
Australia. Esta constelación es fácil de identificar. Está formada por
estas cuatro estrellas que dibujan una cruz. Prolongando unas cuatro veces
y media la distancia que separa estas dos... en esta dirección...
encontramos el Polo Sur Celeste, el otro punto fijo del cielo. De nuevo, la
altura de este punto sobre el horizonte nos marcaría la latitud del lugar
en el que nos encontremos.

Estas consideraciones ya se conocían desde antiguo. La determinación de la
latitud de un lugar se ha resuelto con relativa facilidad. Pero, como ya
hemos dicho antes, para fijar la posición concreta de un punto en la
superficie terrestre hace falta conocer otro dato adicional. Tenemos que
saber cuánto nos hemos desplazado al Este o al Oeste de un punto dado, es
decir, la longitud. La determinación de la Longitud fue un problema de
difícil solución y se convirtió en cuestión de estado cuando las potencias
occidentales del siglo XVII se echaron definitivamente a la mar.

Durante mucho tiempo se pensó que la solución al problema de la Longitud se
encontraba en las estrellas. El Real Observatorio de Greenwich se construyó
en 1676 bajo el mandato del rey Carlos de Inglaterra quien "no quería que
los armadores y marinos de su reino se vieran privados de la ayuda que
pudieran proporcionarles los cielos, con la cual sería más segura la
navegación" Paradójicamente, la solución definitiva al problema de la
Longitud no se halló en los cielos sino en el desarrollo de nuevos relojes
mecánicos. Con ellos se pudo controlar el tiempo mejor que con los antiguos
de péndulo o de arena.

Esto era, en definitiva era lo que se necesitaba para dominar este segundo
parámetro. Los primeros relojes construidos a tal fin por John Harrison se
encuentran expuestos en este observatorio, que, desde entonces se considera
la referencia mundial del tiempo... y al meridiano que pasa por él, el
punto cero de longitudes.

Sin embargo, para mí, una niña de 11 años de mente inquieta, la visita al
observatorio de Greenwich fue un aburrimiento, a pesar de los esfuerzos de
mi abuelo, de los relojes de Harrison, de Flamsteed, de Halley y del
mismísimo Newton. Yo ya estaba pensando en mi viaje y en... ROXANA.

Y por fin, el viaje comenzó.
El tren nos llevó a través de la campiña inglesa, junto a piedras
milenarias, en dirección a Bath. Era nuestro punto de partida, una antigua
ciudad termal romana, situada a orillas del Avon, al oeste de Londres.
Decía mi abuelo que era un pequeño homenaje, ya que desde allí William
Herschell, en 1781, había descubierto el primer gran mundo que no se podía
ver a simple vista, Urano. Zarpamos exactamente a mediodía, cuando el Sol
estaba en lo más alto del cielo, justo encima del Sur.

Y yo aproveché para contarle a mi abuelo porqué llamamos a las horas de la
mañana A.M. y P.M. a las de la tarde. Sencillamente porque las de la mañana
transcurren antes de llegar el Sol a mediodía, ANTE MERIDIEM en latín; y
las de la tarde lo hacen después o POST MERIDIEM. La travesía fue muy
tranquila. Sólo el ruido del mar o el rutinario horario que marcaban las
comidas de a bordo, me sacaban de la lectura. Los días no se diferenciaban
mucho unos de otros, todos los días el Sol, bueno el Helio de los helenos
era despertado por su hermana Eos, la aurora de azafranado velo.

Ella abría el horizonte para que saliera su hermano, quien recorría el
cielo en un carro tirado por caballos. Se alzaba desde el país de los
indios, donde empezaba el Mundo para los Helenos, dándonos luz y calor con
los rayos que irradiaba su cabello. A lo largo de la tarde caía hacia las
columnas de Hércules, donde se acababa el mundo. Allí abrevaba a sus
caballos y comenzaba su viaje por entre las tinieblas. Era entonces cuando
avisaba a su otra hermana, Selene, para que nos acompañara durante la noche
y era entonces, cuando las últimas luces del crepúsculo desaparecían junto
al horizonte, cuando comenzaba el espectáculo. Los dioses y diosas del
Olimpo se hacían visibles y comenzaban su danza entre las estrellas.

Eran los planetas que veían los antiguos. Las estrellas errantes que cada
día cambian de posición moviéndose entre las constelaciones del Zodíaco.
Ese círculo de animales, ZOO en griego quiere decir animal, por entre cuyas
estrellas se mueven tanto el Sol y la Luna, como los planetas. Aquellas
primeras noches de Julio fueron excepcionales. El horizonte, sin ningún
obstáculo, hacía que nuestra vista se perdiera en el infinito; pero allí
justo por donde Helio se había puesto, por el Occidente, por donde mueren
los astros, OCCEDERE en latín significa morir, un pequeño punto de luz,
Mercurio, daba la bienvenida a la noche. Dada su cercanía al Sol, siempre
está muy próximo al horizonte pero también por ello, es el que más rápido
se mueve a su alrededor como ya lo formuló Kepler. Por su velocidad fue
nombrado como el rápido mensajero de los dioses, el dios alado en el casco
y las sandalias.

Rápido en su traslación pero lento en su rotación, por eso seguramente, muy
caliente durante el día y muy frío durante la noche. Nuestro rumbo era
directo al Sur, para enfilar a través del Estrecho de Gibraltar hacia el
Mediterráneo. No es que no me fiara del Capitán, pero todas las noches
corroboraba nuestro caminar con la dirección que nos indicaban las
estrellas. Iba a la popa del buque y buscaba la estrella del Polo, la del
extremo del eje que decía Tales de Mileto. La verdad es que no hacía falta
ser un gran observador para darse cuenta que las estrellas fijas, lo mismo
que hacía el Sol, salían por el Este, por el Oriente, ORIRE en latín es
nacer, y tras recorrer el cielo morían, se ponían por el poniente.

Todas excepto una, que parece sujeta al cielo con un clavo y en torno a la
cual parece que todas dan vueltas. Esa estrella es Polaris y yo la buscaba
ayudándome con las estrellas del Carro. Había aprendido el truco en el
colegio, el mismo que había ayudado a Ulises en su vuelta a Ítaca, el que
había guiado a Alejandro en su camino a la Eternidad. Lo primero era
identificar la figura del Carro de la Osa Mayor formado por estas siete
estrellas... y fijándose en Merak y Dubhe, que forman la parte de atrás del
carro, seguir la línea en esta dirección... y a unas cinco veces la
distancia que las separa... detenernos en este astro... no demasiado
brillante, pero fácilmente reconocible a simple vista. Los nombres de las
estrellas provienen casi en su totalidad de los antiguos árabes.

Por ejemplo, Dubhe significa Osa, un nombre muy apropiado dado la
constelación a la que pertenece. Los griegos veían una Osa de esta forma.
Estas tres estrellas formaban la cola, el cuerpo largo y estrecho iba desde
estas dos hasta estas otras que conforman el cuello; del cuello sale una
cabeza triangular hasta el morro. Solo nos faltan las dos patas delanteras
con sus dos pies, y las dos traseras tambien con sus dos pies aquí. De
todas formas, para los árabes estas cuatro estrellas del Carro formaban un
féretro, que era seguido por un séquito de tres plañideras en su recorrido
diario alrededor del polo.

Precisamente, otro nombre para Alkaid, la última de las tres, es Benetsnath
que significa "la que va llorando". La estrella Polar no cambia de posición
por la rotación terrestre ya que se encuentra muy cerca de la dirección del
eje de la Tierra. Por eso es una buena referencia para encontrar el
Norte... y para conocer la latitud. Además, el movimiento de traslación de
nuestro planeta alrededor del Sol se realiza manteniendo casi inalterable
la dirección del eje de rotación. Gracias a esto, la estrella Polar
permanece en la misma posición a lo largo de todo el año. Pero ocurre, que
la Tierra presenta otro movimiento distinto de los ya mencionados, de una
magnitud mucho menor y cuyos efectos sólo se dejan sentir con el paso de
varios siglos. Se le conoce como movimiento de precesión y, en este caso,
sí afecta a la posición que ocupa la Polar respecto del Polo Norte Celeste.

Este movimiento de Precesión consiste en un cabeceo del eje de rotación de
la Tierra, similar al que realiza el eje de una peonza, pero tan lento, que
necesita casi 26000 años para dar una vuelta completa. En los tiempos de
Alejandro Magno, hace más de 2000 años, el eje de la Tierra apuntaba a un
lugar de la esfera celeste situado más cerca de Kochab, una de las dos
guardas de la Polar. En aquella época, esta estrella era la mejor guía para
orientarse. Incluso se han encontrado registros de los antiguos egipcios,
hace casi cuatro mil años, que cuentan cómo la estrella del polo era esta
otra de la constelación del dragón Thuban todavía más lejos de la actual
Polaris. Actualmente, debajo de Polaris, en el Horizonte, ubicamos el punto
Cardinal Norte, y con él todos los demás. Parecía que nuestro rumbo era el
correcto, así que volví a contemplar un cielo que era mucho más negro y
brillante que, el que de vez en cuando, podía observar desde Oxford. Las
estrellas que forman el Triángulo de Verano destacaban en lo alto del
cielo. Vega, Deneb y Altair con sus sonoros nombres árabes, brillaban como
lo habían hecho 2000 años atrás cuando Olimpia paría en Pela, capital de
las escarpadas extensiones Septentrionales del mundo de habla griega, al
príncipe Alexandros.

El Septentrión, ¡qué nombre tan bonito para el Norte! Los siete bueyes que
veían los romanos en las estrellas del carro de la gran osa, pues siete
bueyes en latín se dice SEPTEM TRIONES. Y ahí están, como uncidos al Norte,
dando vueltas a su alrededor. Mi libro iba ya muy avanzado. El príncipe
Alejandro había crecido en cuerpo y mente. Aristóteles, que había pasado 20
años en la academia con Platón, le procuró una educación en todos los
órdenes del saber: la Retórica, la Matemática, la Física, el Arte, la
Literatura, la Cosmogonía forjaron el alma de un joven que seguramente no
pasaba del metro y medio de estatura, pero que iba a conquistar el mundo
conocido y alteraría el curso de la Historia.

Este joven, que con dieciocho años iba al mando de la caballería de élite
de Macedonia en la batalla de Queronea contra la otras polis griegas, iba a
ser conocido como MEGALEXANDROS, Alejandro Magno. Los Helenos habrían dicho
que estaba destinado por los dioses. Su madre le había contado que por
parte de ella descendía de Aquiles, biznieto de Zeus, y por parte de su
padre de Heracles, hijo del propio Zeus. Heracles, llamado por los romanos
Hércules, el héroe clásico por excelencia.

Volví otra vez la mirada al cielo y... allí estaba, en lo más alto, la
figura del arrodillado, la constelación de Hércules. No es difícil de
encontrar si buscamos estas cuatro estrellas en forma de trapecio al Oeste
de la Corona Boreal, así llamada para diferenciarla de otra que me dijo el
capitán, se ve muy bien desde el Hemisferio Sur, la Corona Austral. En esta
corona del Norte destaca como estrella más brillante Gemma, la piedra
preciosa. Esos nombres que nos resultan tan familiares, boreal, austral,
son las zonas desde donde respectivamente soplan los dioses de los vientos
Norte y Sur, el Bóreas y el Austro. ¡Cuántas historias! ¡Cuántas
constelaciones relacionadas con Hércules o Zeus!

¡Cuántas veces las habría mirado Alejandro! Y ¡cuántas veces fueron mudos
testigos de su existencia! La existencia de un hombre que buscaba la
eternidad, a través de los vientos, las guerras y.... las estrellas A los
veinte años sucedió a su padre en el trono de Macedonia y dos años después,
el 334 antes de Cristo cruzó el Helesponto, en el actual estrecho de los
Dardanelos, para vengar al mundo griego de una afrenta histórica. Se
dirigía a luchar contra Persia, iba a conquistar el Mundo. Con él iban seis
mil soldados de caballería y treinta mil de infantería. Lo primero que hizo
fue dirigirse a Troya para ver el lugar donde había muerto Aquiles, el
ancestro de su madre. Allí releyó bajo un cielo como este, la Ilíada que le
había dado Aristóteles. No había más luces que las estrellas y una Luna,
que como un tetradracma de plata, se había levantado sobre las montañas.
Allí las estrellas centelleaban como enormes luciérnagas. La Galaxia, la
leche derramada de los pechos de Hera mientras amamantaba al pequeño
Hércules para que adquiriera la inmortalidad, marcaba su camino y en lo
alto, Zeus brillaba más que Arturo y la Lyra juntos. Los astros parecían
fijar su destino.

Cuando la aurora de rosáceos dedos hizo su aparición por el Oriente, ya
sabía que nadie le podría detener. Fue un camino de sangre, sudor, fuego y
desolación, pero también de gloria. Las tropas atravesaron olivares y
viñedos, los pueblos y ciudades fueron cayendo ante las sarisas, las
flechas y las espadas de la Hélade. La Estrella Macedónica de dieciséis
puntas sustituyó a las enseñas persas en las acrópolis de los lugares
rendidos. Alejandro, montado sobre su caballo Bucéfalo, avanzaba y vencía,
con las armas y con la mente. Las batallas del río Gránico, Issos, la
llegada a Egipto y la fundación de Alejandría, el episodio del Nudo
Gordiano... nada podía pararle.

Los persas fueron totalmente derrotados en Gaugamela, y en Enero del 330
antes de nuestra era, destruye y quema Persépolis. Por fin la Hélade ha
sido vengada. Esa noche, cuando las llamas dejan la capital de un imperio
reducida a cenizas, Alejandro, ebrio de cerveza, mira al cielo y ve sonreir
a los gemelos hijos de Zeus, Cástor y Póllux. Los encuentra fácilmente por
entre las columnas de humo que parecen honrar al dios. Las dos estrellas
más brillantes de esta constelación representan las cabezas de los gemelos.
Ésta es Cástor, más próxima a Capella... y esta otra Pollux, en dirección a
Proción. Los cuerpos de las figuras se sitúan en dirección a la Vía Láctea,
sobre la que parecen caminar. Son fáciles de encontrar si unimos estas dos
estrellas, una azul y otra roja de la constelación de Orión, y continuamos
por esta dirección, hasta encontrar estas dos que parecen gemelas.

Y es que, en invierno, Orión es su guía en el firmamento.. . Orión, esta
gran constelación del cielo, donde destacan dos estrellas de primera
magnitud, la roja es Betelgeuse, que conformaría uno de los hombros y la
azul, Rigel, que sería uno de los pies. Junto a ellas encontramos al otro
hombro, Bellatrix, la guerrera, y el otro pie Saiph. En medio, las Tres
Marias, Mintaka, Alnilam y Alnitak, serían las tres perlas del cinturon del
Cazador. Con la linea que marcan estas tres estrellas podemos encontrar
otras constelaciones como el Can Mayor, si vamos en esta dirección. En ella
resplandece la estrella mas brillante del cielo despues del Sol, Sirio.

Y si fuéramos en la otra dirección, lo que encontraríamos sería la
Constelación Zodiacal de Tauro, reconocible por esta gran V, en la que los
antiguos veían la cabeza del animal, con su gran ojo enrojecido, y de donde
salen estos dos largos cuernos. En su lomo, las siete palomas en que Zeus
convirtió a las hijas de Atlas, para que no fueran atrapadas por Orión, las
Pléyades. Orión, seductor de vírgenes y casadas, es junto con Hércules y
sus hazañas, con Zeus y sus amores, uno de los protagonistas de muchas de
las 88 constelaciones del cielo y que la imaginación de los padres de los
padres de nuestros padres nos dibujó en el firmamento.

En la actualidad seguimos encontrando entre sus estrellas motivos para
dejar volar también nuestra imaginación. En la nebulosa que forma parte de
la daga que cuelga del cinturón, hemos podido ver cómo nacen las estrellas
de la noche... Las estrellas en formación y las que ya se han formado,
iluminan el gas de la nebulosa. No hay palabras que puedan describir el
espectáculo de luz y color de este lugar. Según cuenta la leyenda, murió
como vivió, Orión fue picado mortalmente por un escorpión enviado por
Artemis, diosa de la caza, porque había tratado de forzarla. Este escorpión
resplandece en los cielos de Verano, en la parte opuesta de la bóveda
Celeste, rehuyéndose eternamente. Antares, el rojizo corazón del animal
debe su nombre al planeta rojo, Marte, el Ares de los Helenos.

Ambos rivalizan en el cielo en brillo y en color. Nuestros antepasados,
creyeron que su superficie estaba cubierta de sangre y por eso lo nominaron
como a Ares, dios de la guerra, portador de muerte y destrucción. Marte,
sera pronto visitado por naves construidas por el Hombre. Es un mundo frío
y hostil, pero que puede convertirse en un futuro más o menos cercano en
nuestro próximo destino Hoy sabemos, que su color proviene de minerales
ricos en óxido de hierro, como la Magemita y que tiene dos lunas, aunque
mucho más pequeñas que la nuestra Mi abuelo me contó que fue su hermano
quien propuso el nombre que llevan sus dos lunas, Fobos y Deimos, los hijos
que el dios tuvo con Afrodita y que acompañan a Ares en la batalla. Sus
nombres que significan miedo y terror reflejan lo que deja la guerra detrás
de sí cuando atraviesa la tierra.

Persépolis era el ejemplo. Pero Persépolis no es el final, para él, la
guerra no es sino un medio para conseguir un fin. Él quiere construir un
nuevo mundo, un mundo griego. Caen nuevas ciudades, nuevos reinos... y
conoce a Roxana. Ella tenía 12 años cuando se casaron en el 327. Sólo pasó
con ella dos semanas, pero su porte, su fasto, su cuerpo, le fascinaron
para siempre. La primavera del mismo año llevó a sus setenta y cinco mil
soldados por el Hindu Kush. En Junio del año siguiente estaba a orillas del
Hidaspo, afluente del Indo. Creía que estaba a las orillas del mar
circundante, en el extremo más oriental de la Tierra. Funda una nueva
Alejandría, en honor de su caballo llamada Bucefalia. Ya no le faltaba
casi, pero llegaron los monzones y se detuvieron donde acababa el mundo, en
las orillas del Ifasis. Les dijo a sus hombres: "ya hemos llegado, sólo
tenemos que subir esas montañas"

Pero seguía lloviendo y acamparon. Hasta que una tarde las nubes se
abrieron y apareció resplandeciente el carro de Helios. Caía en la
dirección de Macedonia hasta que desapareció por el horizonte. Los
violentos tonos de colores que había observado Alejandro en la caja de
polvos y tintes de Roxana irrumpieron con el crepúsculo por el Oeste
mientras la oscuridad se abatía sobre sus tiendas de campaña como humo.
Entre los árboles de la colina, colgaba, como la hoz de Cronos, una luna
que apenas brillaba. Era una pálida brizna plateada en su primera fase. El
sueño de Alejandro estaba a punto de cumplirse. Al amanecer les enseñaría a
sus hombres el lugar del sol naciente. Y cuando al día siguiente
ascendieron las montañas, se desplegó ante sus ojos toda la cuenca del
Ganges. La geografía le había vencido. Sus hombres no quisieron seguir.
Como Aquiles ante Troya, Alejandro se metió tres días en su tienda y al
salir consultó las vísceras. Éstas le dijeron que debía volver. Se
doblegaba a los dioses, que no a los Hombres.

La vuelta fue dura, muy dura, a través del desierto de Gedrosía. Entraron
ochenta y cinco mil y salieron veinticinco mil. Casó en Susa a todos sus
soldados con mujeres persas, estaba haciendo un mundo único. Llegó a
Babilonia pero el veintinueve de Mayo del 323 enfermó. La noche del 10 de
junio mandó que le sacaran de su tienda, tenía fiebre y temblaba. De
repente abrió sus ojos y susurró una palabra: Roxana. Le preguntaron si
quería algo pero no respondió. Su última mirada reflejaba las estrellas, el
León de Nemea, Cáncer y la Hydra de los trabajos de Hércules, Calisto y
Zeus, el Dragón y la Corona Boreal, el Boyero que cuida la Osa, Hércules
lanzando la flecha y sobre el horizonte, la diosa del amor y la belleza, el
astro que más brilla en el cielo tras la Luna y el Sol... Roxana. Bajo ese
cielo de Babilonia nacía una leyenda: "de él fueron los mosquitos de la
peste y la impaciencia; de él la nieve, el Sol, las lluvias y el rayo ebrio
de ira; de él el viento y los ríos que arrastran muertos; de él la sombra,
la soledad y el silencio; de él los abismos, los olores nauseabundos y los
ruidos; de él el hambre, el dolor y el odio; de él el valor, la gloria y la
Eternidad" . Todo lo demás fue de sus enemigos.

La leyenda le sobrevivió, pero su sueño de ver un Mundo único en que todos
fuéramos hermanos sucumbió con él. Roxana y su hijo fueron asesinados poco
después de su muerte y sus generales se repartieron los despojos de sus conquistas. Su sueño no se ha podido realizar hasta nuestros días. 2300
años después, la bandera de la Unión Europea tiene en su interior las
estrellas que sustituyen a la Estrella de Macedonia. Dice el capitán que
mañana llegaremos a nuestro destino, a Roma. Como Lord Byron, podré decir
yo también que por fin he llegado a la capital del Mundo.

Pero no, no es el fin, es el principio. Grecia y Roma son el principio de
todo. Además mi viaje no acabó allí. Vimos otros puertos y lugares, y
continuó con el paso de los años. Y han pasado muchos, tengo ya cincuenta
años pero sé que aún no he llegado a Ítaca y que me esperan muchas millas
por recorrer, muchas tierras por visitar, muchos mundos por descubrir. Hoy
es un día histórico, hemos pisado otro mundo. La huella de Neil Armstrong
marcará el comienzo de una Era como lo fue la de los primeros homínidos que
hace casi cuatro millones de años dejaron su huella en las gargantas de
Oldupai en Tanzania.

Pero será también la huella de un gran salto para la Humanidad, porque sé
que no será la última. Nuevas naves espaciales seguirán el camino de
Gagarin, de Valentina Terescova, de los elegidos para la gloria. Nuevas
naves marineras, pioneras y viajeras nos llevarán a otros mundos. No sé si
yo lo veré pero sí sé, estoy segura, que sin la existencia de la Grecia y
la Roma Clásica la Historia política, ética y cultural de Europa, del mundo
Occidental habría sido mucho más mediocre y quizás hoy no estaríamos en
disposición de viajar por la quintaesencia y acercarnos a la mesa en que
Artemis, Afrodita, Marte o Júpiter se sacian de ambrosía, el alimento de
los dioses.

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*Prof. Hebert Pistón Rodríguez Coordinador de Enseñanza y Divulgación por
Uruguay de la LIADA La Paz. Dpto. de Canelones. URUGUAY*

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