jueves, 1 de diciembre de 2016

Johannes Kepler y la mística geométrica del universo (1º parte)

Johannes Kepler y la mística geométrica del universo (1º parte)
                                                                       

Jesús Salvador Giner

Agrupación Astronómica de la Safor (www.astrosafor.net)



En el presente artículo, dividido en dos partes, vamos a conocer un poco más la extraordinaria figura del gran teórico alemán Johannes Kepler, cuya formulación de sus famosas tres Leyes del movimiento planetario, además de muchas otras ideas e innovaciones, dieron un nuevo rumbo a la ciencia de la astronomía y posibilitaron, por fin, el abandono del geocentrismo, vigente desde hacía 1.500 años.


Hacia el año 1570 en la vieja Europa pocos astrónomos teóricos eran partidarios del heliocentrismo. El modelo que Nicolás Copérnico (1473-1543) había recuperado para el mundo moderno, originalmente confeccionado por un griego de la isla de Samos, el gran Aristarco (siglo III antes de Cristo), no era ni mejor ni peor que el geocentrismo de otro gran astrónomo, Claudio Ptolomeo (siglo II), que había perdurado como inatacable durante milenio y medio.
Dejando aparte las coincidencias y las convergencias entre los postulados tolemaicos y la filosofía aristotélica, que serían posteriormente adoptadas por la Iglesia Católica (en la forma propuesta por Santo Tomás de Aquino), y obviando asimismo las injustificables y absurdas persecuciones a que dicha Iglesia sometió a casi todo aquel que ejerciera un pensamiento libre, lo cierto es que el modelo de Copérnico fue rechazado, no ya en los círculos eclesiásticos, como era de esperar, sino por los mismos colegas teóricos del astrónomo polaco. Había muchos problemas a los que el heliocentrismo no podía hacer frente ni explicar; es innecesario enumerarlos ahora, pero únicamente mencionemos que los astrónomos profesionales decidieron, finalmente, abrazar las técnicas copernicanas (es decir el fondo matemático), que les permitía operar y trabajar en su quehacer diario, sin aceptar, de igual modo, la cosmología que dicha teoría implicaba.
En efecto, la obra magna de Copérnico, su De revolutionibus orbium coelestium (1543), sería empleada principalmente como una excelente herramienta matemática con el fin de elaborar tablas y efectuar complejos cálculos de posición; no en vano, estaba basada en datos recientemente obtenidos (muchas veces por el mismo Copérnico). Pero su cosmología, ciertamente, fue rechazada por prácticamente todos, si exceptuamos a dos entusiastas del heliocentrismo: Michael Mastlin, un fervoroso seguidor del astrónomo polaco, y su joven discípulo, un brillante pero extraño personaje que, con el tiempo, iba a remover los cimientos de la ciencia más antigua: naturalmente, nos referimos a Johannes Kepler (figura 1).

Figura 1: Retrato de Johannes Kepler (1571-1630).

Nacido prematuramente a los siete meses de embarazo, el 27 de diciembre de 1571 en la ciudad de Weil Der Stadt (Alemania), cerca de Stuttgart (figura 2), Kepler no tuvo una infancia ni juventud felices. Aunque su abuelo había sido alcalde de la ciudad en tiempos, sus progenitores, protestantes y humildes, fueron seres díscolos y extravagantes, dentro de una familia en franca decadencia: su padre, Heinrich, era un personaje detestable, y Kepler le define, en su horóscopo familiar, con estas palabras: “vicioso, inflexible, pendenciero y destinado a acabar mal”. Tabernero y mercenario en el ejército del Duque de Württemberg, estaba siempre metido en campañas bélicas, cuando no directamente en líos de diversa naturaleza, hasta el punto de que en 1577 casi llegó a la horca. Por su parte, la madre, Katherine, herbolaria y curandera, que regentaba una casa de huéspedes, no fue descrita en términos más favorables por su hijo: “murmuradora y pendenciera, y de mal carácter”.
Kepler tuvo tres hermanos: Margarette, por quien sentía mucho afecto; Christopher, que nunca le cayó demasiado bien, y el epiléptico Heinrich. Johannes siempre fue un niño enclenque y de salud frágil, además de hipocondríaco. Padeció la viruela a los tres años, que le debilitó mucho la visión, pero pese a sus dolencias físicas era un chico muy despierto ya desde muy pequeño: era habitual verle, en la posada de su madre, entreteniendo a los huéspedes con sus habilidades (nada ordinarias, por otro lado) matemáticas. Entre sus tres y cinco años, Johannes vivió en casa de sus abuelos con su hermano Heinrich, dado que su padre se había enrolado en una campaña militar y su madre había ido detrás para que volviera a casa…

Figura 2: la casa donde nació Johannes, en Weil Der Stadt, Alemania (Markus Hagenlocher/Wikipedia)

En 1577 Kepler cambió de residencia y se mudó a Leonberg, donde sus padres le hicieron entrar en la escuela latina. En este tiempo sus progenitores, personajes poco apreciables en muchos aspectos, tuvieron a bien sin embargo inculcarle a nuestro astrónomo el interés por el estudio del cielo; de ese mismo año, 1577, data la primera “observación” de Johannes, correspondiente al gran cometa que fue visible en aquellas fechas, del cual mencionó que pudo contemplarlo a placer, ya que su madre le había llevado a un sitio elevado. Poco después, el 31 de enero de 1580, su padre le hizo contemplar un eclipse total de Luna, de la cual diría Johannes más tarde, recordándola, que habría aparecido muy roja. En la escuela latina tardó más tiempo del normal en terminar el ciclo de tres años, a consecuencia de su trabajo como jornalero en el campo, entre 1580 y 1582. Para 1584 Johannes ingresó en el Seminario protestante de Adelberg y, dos años después, en el Superior de Maulbronn.
Kepler fue enviado a éste último para que pudiera hacer carrera eclesiástica. Allí el ambiente no era, precisamente, el que una mente despierta e independiente como la de Johannes necesitaba, ya que se orientaba sobretodo a que los muchachos adquirieran destrezas para combatir el catolicismo desde las argumentaciones teológicas propias del protestantismo. Como lado positivo, sin embargo, allí Kepler pudo tener acceso a los estudios de los clásicos griegos y latinos, salvados gracias a la labor de los árabes, lo que le reportó muchas satisfacciones: descubrió a Euclides, el gran matemático, y le impactó tanto su lectura, la belleza de su geometría, que creyó estar ante una representación de la perfección y el orden cósmico. Llegaría a afirmar, convencido, que “[la geometría] es co-eterna con la mente de Dios… La geometría ofreció a Dios un modelo para la Creación… La geometría… es Dios mismo”.
Kepler, por otro lado, continuó con sus problemas físicos durante la juventud: desde sarna y miopía hasta manos deformadas y continuas indigestiones. Tampoco tenía mucha autoestima y, cuando marchó de Maulbronn en 1589, con el fin de proseguir sus estudios para ordenarse sacerdote, no cayó demasiado bien entre sus compañeros de la Universidad de Tubinga, lo que le ocasionó muchos disgustos. El motivo del poco aprecio de los otros muchachos tal vez se debiera, en parte, a sus orígenes humildes (pudo estudiar allí gracias a una beca que le concedió el duque de Württemberg), o tal vez porque, además de humilde y afortunado, era enormemente talentoso. Hoy podríamos calificarle, sin temor a equivocarnos demasiado, como un “bicho raro”.
En Tubinga Kepler estudió, como era bastante habitual, un amplio y diverso paquete de materias: desde retórica, hebreo, física y ética, hasta las matemáticas, las ciencias humanas y la teología. En la época de estudiante de Kepler el heliocentrismo, como hemos dicho, no gozaba de casi ninguna aceptación, pero sí la tenía el modelo de Tycho Brahe (1546-1601), que recogía del geocentrismo la idea de la Tierra central y del sistema de Copérnico el hecho de que los demás planetas giraran en torno al Sol, con la salvedad de que éste y la Luna lo hacían en torno a nuestro mundo. Es decir, Brahe proponía una especie de mezcolanza cosmológica (figura 3) que, pese a lo que se pudiera pensar, daba cuenta bastante bien de las posiciones y movimientos planetarios. Además, como mantenía a la Tierra inmóvil, muchos cogieron simpatía por este modelo; pero no sólo los eclesiásticos necesitados de un sistema cosmológico acorde a las Sagradas Escrituras, sino también los propios astrónomos.

Figura 3: esquemas con los tres principales sistemas cosmológicos (ptolemaico, copernicano y tychónico) y algunos de sus “derivados” o predecesores: I: el modelo geocéntrico de Ptolomeo (siglo II); II: el cosmos platónico (siglo V antes de Cristo); III: el sistema de Vitrubio (siglo I antes de Cristo); IV-V: sistema de Tycho Brahe (finales del siglo XVI); y VI: modelo copernicano. El dibujo es de Athanasius Kircher, publicado en su obra Iter exstaticum (Roma, 1671).

A los 20 años Kepler ya tenía el diploma de magister artium, y en Tubinga hizo amistad con el mencionado Michael Maestlin (1550-1631), su profesor de matemáticas, quien había calculado la órbita de un gran cometa visible en 1577 (el mismo que vio Johannes de pequeño), llegando a la conclusión de que sólo podía explicarse desde el heliocentrismo. Maestlin fue, poco a poco, convirtiéndose en un fervoroso partidario de este sistema, y Johannes se contagió de su entusiasmo. En la universidad escuchaba conferencias en las que se alababa al geocentrismo o, en su defecto, al modelo tychónico; pero Kepler se pasó al bando contrario, lo que le iba a ocasionar no pocos quebraderos de cabeza, sobretodo a causa de sus roces con los luteranos. Kepler y Maestlin labraron una profunda amistad y Johannes no dudó en pedir su consejo o su ayuda cuando lo necesitaba, a lo que Michael respondía gustoso. Se trataba de dos almas heterodoxas y afines, en un ambiente algo hostil para sus nociones cosmológicas; resulta natural, pues, que acabaran congeniando tan bien.
Johannes quería ser pastor luterano y seguir estudiando para ello, pero por una feliz coincidencia (que el propio Kepler calificaría posteriormente como un “afortunado incidente”), en 1595 se le ofreció un puesto de profesor de astronomía y matemáticas en la ciudad de Graz (Austria), porque allí acababa de fallecer el antiguo poseedor de dicho cargo. Tras ciertos titubeos, nuestro astrónomo acabó aceptando.
En Graz Johannes Kepler tuvo varias ocupaciones, no sólo las de enseñar ciencias: entre otras cosas, tenía que elaborar el calendario anual pero, asimismo, se vio en la necesidad de elaborar pronósticos meteorológicos y prever el posible rumbo de los acontecimientos (es decir, tuvo que hacer trabajos como astrólogo). Cuando publicó sus primeras estimaciones, predijo que vendría un invierno frío y rígido y una invasión turca; acertó en ambos sucesos, lo que le valió un enorme prestigio a los ojos de las autoridades. Kepler ganaba más, de hecho, confeccionando horóscopos, que con su trabajo docente. Escribió: “Dios proporciona a cada animal sus medios de sustento, y al astrónomo le ha proporcionado la astrología”. También hizo propuestas extrañas, como el proyecto (que presentó al duque de Württemberg) de construir una copa para bebidas de una enorme complejidad basada en los cinco sólidos platónicos (de los que hablaremos enseguida), así como llevó a cabo estudios bíblicos, periódicos sobre meteorología, etc.
Como es bien sabido, Kepler no era un maestro precisamente diestro y estimulante. Él mismo era consciente de ello, cuando se refiere a sus clases como “cansinas, o por lo menos desconcertantes, y no muy comprensibles” (autocrítica que sería deseable en el mundo docente en la actualidad). Sin embargo, el 9 de julio de 1595, en medio de ese ambiente tedioso, con sus escasos alumnos bostezando ante las derivaciones y farfulleos de Kepler, sucedió algo inesperado. Algo que Johannes calificó como la mayor intuición de su vida. Pero, para entender qué ocurrió en la mente del gran astrónomo alemán, antes tenemos que descubrir cómo estaba, según él, formado y estructurado el mundo.
Para Johannes Kepler, el copernicanismo no era meramente un modelo; su armonía, el hecho de que fuera un sistema tan ordenado, en el que poder calcular las dimensiones de los orbes planetarios, era un reflejo de la racionalidad subyacente del cosmos. Kepler, como los pitagóricos griegos, era un entusiasta de los números, de sus combinaciones; creía que el mundo lo había creado un Dios geómetra, y que ese mundo constituía un símbolo del carácter del Creador. En otras palabras, Dios, al mismo tiempo Creador del universo y su centro motor, debía haber realizado su creación en el plano de la geometría porque, como dijimos que afirmó Kepler, la geometría era co-eterna con el espíritu de Dios.
Pero Kepler también era un cristiano devoto, y ello debía reflejarse igualmente en su universo. La Trinidad estaba presente allí; en efecto, había tres espacios claramente diferenciados: el Sol central (el Padre), la esfera de las estrellas fijas (el Hijo), y el ámbito interplanetario (el Espíritu Santo), en el que circulaban y actuaban las fuerzas invisibles procedentes del Padre. De igual modo, el hecho de que hubiera tres dimensiones era otro reflejo “evidente” de la Trinidad.
Esta concepción geométrica y mística de Kepler le dio, por extraño que parezca, ventaja: si Dios creó el mundo siguiendo un orden geométrico y el ser humano tenía una mente capaz de entender esa disposición, entonces siguiendo los razonamientos geométricos del universo, es decir, tomando unos pocos datos fiables del mismo y reflexionando sobre las relaciones que los vinculan, sería posible, en principio, dar forma y revelar cuál es la estructura del Universo. Por tanto, sospechaba Kepler, no eran imprescindibles observaciones muy dilatadas ni experimentos farragosos; sólo cabía recurrir a unos pocos hechos del mundo y, sobretodo, a la intuición.
Aquí es posible ver cuán lejos estaba Kepler de Copérnico, y no digamos ya de Galileo. Éste último, de haberse hecho las mismas preguntas (que no se hizo o, al menos, no desde la misma perspectiva), habría pensando en una serie de observaciones y experimentos, dirigidos por hipótesis, acerca de hechos naturales concretos que posteriormente iría aceptando o descartando hasta llegar a una demostración matemática satisfactoria. En Galileo la intuición brillaba por su ausencia; en Kepler era capital.
Johannes se formuló preguntas que nunca nadie se había hecho antes: miraba cómo se comportaban los astros, los planetas conocidos (seis, entonces, de Mercurio a Saturno), y se extrañaba: ¿por qué hay sólo seis planetas, se decía? ¿Por qué no veinte o cien? ¿Por qué están a esas distancias y por qué se mueven a tales velocidades, y no a otras? Era curioso, advertía Kepler, que Saturno, aceptando el punto de vista heliocéntrico, estando dos veces más lejos del Sol que Júpiter, no tardara el doble que éste en dar una vuelta alrededor de la estrella, sino bastante más. ¿Por qué? Era evidente que se movían, los planetas, más lentos cuanto más lejos estuvieran del Sol. Pero, ¿había alguna ley, algún criterio (geométrico, desde luego) que explicara en todos los casos por qué ello sucedía de tal manera? Lo que Kepler buscó desde sus más tempranos inicios, por tanto, fue una ley matemática sencilla capaz de enlazar la distribución espacial de las órbitas y los movimientos de los miembros del sistema solar, ley que finalmente encontraría, como veremos.
Los prejuicios intelectuales de Kepler, el antiguo pitagorismo y el misticismo religioso, al contrario de lo que hubieran hecho otros, no eran para él estorbos ideológicos de los que cabía prescindir y arrinconar para el estudio del universo, sino herramientas que permitían un acercamiento genuino a la mente del Creador. Por tanto, como se ve, en Johannes confluyeron, en orden e intensidad variables: metafísica, teología, racionalismo, astronomía, mística de los números, física, magia, y matemáticas.
Pues bien. Volvamos a aquella tarde de julio de 1595, en Graz. Johannes tuvo, de súbito, una revelación singularísima: había, en efecto, seis planetas, cuyas orbitas debían estar regidas por algún patrón geométrico… Entonces pensó en los sólidos regulares (es decir, cuerpos que, como el cubo, tienen iguales todas sus caras), de los que sólo hay cinco. Cada uno de estos cuerpos admitía una esfera inscrita, tangente al centro de todos los polígonos que lo forman, así como una esfera circunscrita, concéntrica con la anterior y tangente a sus vértices. Platón había afirmado que había una estrecha conexión entre los cinco elementos que componían el mundo y estos cinco sólidos perfectos. Kepler pensó que, quizá, estos cuerpos podrían explicar asimismo las disposiciones planetarias. ¿Había alguna manera de relacionar ambos hechos? La revelación que tuvo Kepler fue que existían seis planetas porque sólo había cinco sólidos regulares; y, en particular, que éstos, anidados o inscritos uno dentro de otro, determinaban las distancias planetarias.
Johannes describió así su hallazgo: “La órbita de la Tierra es la medida de todas las cosas; circunscríbase a su alrededor un dodecaedro, y el círculo que contiene a éste debe ser Marte; circunscríbase alrededor de Marte un tetraedro, y el círculo que contiene a éste será Júpiter; circunscríbase alrededor de Júpiter un cubo y el círculo que contiene a éste será Saturno. Ahora bien, inscríbase dentro de la Tierra un icosaedro y el círculo que contiene éste será Venus; inscríbase dentro de Venus un octaedro y el círculo que contiene éste será Mercurio… Y tan intenso fue el placer causado por este descubrimiento que nunca podrá expresarse en palabras”. Las esferas de las órbitas planetarias estaban, pues, regidas o sustentadas por esas formas geométricas perfectas. Kepler acababa de descubrir lo que llamaría el “Misterio Cósmico” (figura 4), que publicaría en forma de libro, con ese mismo título, en 1596.

Figura 4: el Misterio Cósmico de Johannes Kepler (1596): las órbitas planetarias encajadas en los cinco sólidos pitagóricos.

Podríamos considerar muy peregrina esta intuición kepleriana, y muy alejada de la realidad astronómica; sin embargo, los valores predichos siguiendo este procedimiento para los orbes planetarios casaba bastante bien con los valores de las distancias medias que Copérnico había deducido. Sin embargo, dentro de la visión geométricamente impecable de Kepler, “bastante bien” no era suficiente. El Creador no podía hacer el mundo de un modo imperfecto; y lo descubierto por Kepler tampoco podía serlo. Si esa relación existía de verdad, debía ser perfecta. Johannes, por lo tanto, acabó aceptando que esta intuición suya era inadecuada o incompleta, pero nunca renegó de ella por completo, y concluyó que las deficiencias podían obedecer, no a que era sencillamente errónea, sino a que no se disponía de datos lo suficientemente precisos.
Ésta fue una cuestión que Kepler mantuvo abierta a lo largo de mucho tiempo, hasta que dos décadas más tarde creyó haber logrado una explicación convincente. Pero sostuvo que la solución no se relacionaba ya con la geometría, sino con la música. Nada menos que, aquí, Johannes se dejó seducir por la idea de que las correspondencias geométricas planetarias eran ciertas si y sólo si se adaptaban a la armonía musical pitagórica; o sea, que había una armonía matemática universal que abrazaba desde la geometría a la música, y de aquí hacia los cielos. Esta concepción la expuso en su obra Harmonice Mundi, que escribió en 1618 y publicó al año siguiente, en el que da cuenta del modo particular que cada planeta tiene de interpretar el concierto cósmico, ya que cada uno de ellos produce un tono (variable) musical al recorrer el firmamento (figura 5). Es un tema bastante enrevesado y no vamos a tratarlo, pero digamos que, en el capítulo octavo del volumen quinto, Johannes asegura que Saturno y Júpiter cantan como bajos, a Marte le corresponde el papel de tenor, el de contraltos está asignado a Venus y a la Tierra mientras que, por último, Mercurio es la soprano…

Figura 5: la Armonía del Mundo, según Kepler. A cada planeta le corresponde un tono musical propio.

Antes de llegar a tan pintoresca teoría, Kepler, como hemos dicho, creyó que la inexactitud de la relación entre los sólidos regulares y los movimientos planetarios obedecía a datos imprecisos. Y, para buscar los mejores datos posibles, había que encontrar al mejor observador de la época. El Mysterium cosmographicum, la obra en la que describía estas relaciones, había sido publicada, no sin impedimentos, por parte del claustro de la Universidad de Tubinga, y sólo pudo ver la luz gracias a la ayuda de su amigo y maestro Michael Maestlin. Kepler, con su entusiasmo habitual, envió ejemplares a grandes científicos de la época, entre ellos a Galilei Galileo (que no se dignó ni siquiera a leerlo) y a Tycho Brahe, el observador pre-telescópico más talentoso del momento. Así como el genio italiano no prestó la menor atención al texto de Kepler, el noble danés Brahe quedó impresionado. El talento matemático de Johannes no pasó desapercibido para aquél, que necesitaba de un ayudante competente en ese ámbito, precisamente. Poco después de leer su libro, Brahe, matemático imperial de la corte del sacro emperador romano, a la sazón Rodolfo II, y por recomendación de éste último, pidió a Kepler que le hiciera una visita y se convirtiera en miembro de su equipo científico.
Kepler recelaba, pero al fin aceptó, movido también por motivos sociales y religiosos: acababa de perder su puesto de profesor en Graz porque se negó a convertirse al catolicismo. Multado con una parte de sus ingresos, fue desterrado de por vida de Graz (a donde jamás podría volver, bajo pena de muerte). El 1 de enero de 1600 partió hacia Praga, con la esperanza de encontrar, en el observatorio de Brahe, un refugio intelectual que le diera la confirmación a sus convicciones místico-geométricas. Quería ser un igual del famoso Brahe, un colega, tal vez un amigo, con el que compartir los grandes secretos del Universo y confeccionar un modelo preciso y ordenado del mismo.
Sin embargo, Kepler se vio pronto defraudado en sus expectativas. Aunque se necesitaban mutuamente (Brahe disponía de los datos de que precisaba el miope Kepler, y éste poseía de una inteligencia geométrica y matemática extraordinaria de la que el gran observador carecía), nunca congeniaron. A los otros ayudantes del danés tampoco les hizo gracia la presencia de Johannes, que ya había adquirido fama como sagaz matemático, ni su ocasional arrogancia (Kepler había afirmado que era capaz de calcular la órbita de Marte en ocho días, cuando el anterior ayudante había tardado años… aunque, finalmente, el mismo Kepler también un tiempo similar).
Tycho Brahe (figura 6) no facilitó una estancia agradable de nuestro protagonista en Praga, y era muy reacio a proporcionarle los datos que Johannes reclamaba. Brahe no quería brindar a un seguidor del heliocentrismo pruebas que pudieran dar al traste con su propio sistema, que recordemos era una especie de híbrido entre aquel y el geocentrismo. Ambos pretendían cimentar sus propias cosmologías y no dar al rival la menor oportunidad de asentar la suya. Por ello, Brahe cedía muy esporádicamente alguna información, algún nodo, algún apogeo… y poco más. Kepler empezó a hartarse, hasta que le escribió una carta exigiéndole más datos. Brahe, finalmente, aceptó, Kepler pidió disculpas por ser tan vehemente y los últimos meses de su colaboración fueron más llevaderos. Brahe, sin embargo, al poco enfermó de una infección urinaria, y no quiso ni oír la recomendación del médico de rebajar el exceso de alcohol y sus constantes comidas omnívoras. Tal actitud le llevaría a la muerte en 1601, nombrando a Kepler su sucesor como matemático imperial y legándole el tesoro de los datos que recopiló en vida. Brahe le pidió, en su lecho de muerte, que terminara las nuevas tablas de posiciones planetarias, con el fin de lograr la irrefutabilidad de su sistema cosmológico, el tychónico; Kepler se lo prometió… aunque en su fuero interno, y con el paso del tiempo, dio otro uso a tales preciosos datos. Si bien tuvo algunos problemas con los herederos de Brahe, pues al parecer había hurtado algunas observaciones del gran noble danés (el yerno de éste le puso un pleito…), Kepler pudo por fin dar inicio a su trabajo.

Figura 6: el mayor astrónomo de la era pretelescópica, el danés Tycho Brahe (1546-1600), sin cuyas observaciones no hubiera podido Kepler descubrir sus Tres Leyes. (National Geographic)

Tras la muerte de Brahe, Kepler se dedicó a muchos menesteres, como veremos, pero también tuvo tiempo de editar póstumamente una obra del danés, su Astronomiae instauratae progynasta, que publicaría el astrónomo alemán en 1602.
Poco después, en 1604, un funcionario de la corte imperial señaló a Kepler una nueva estrella que había aparecido en el cielo en la constelación de Ofiuco. Johannes sintió gran frustración durante una semana, pues había nubes constantes en Praga, hasta que al fin pudo estudiarla el nuevo astro, visible entre Saturno y Júpiter. Por lo que parece, él y los otros astrónomos tuvieron mucha suerte, ya que apenas tres décadas antes, en 1572, había estallado otra otra, que el propio Brahe siguió. Estas dos estrellas nuevas (en realidad, como es bien sabido, se trataba de supernovas, es decir, de la muerte en forma de gran explosión de una estrella vieja y muy masiva) estuvieron muy cercanas en el tiempo, pues dos supernovas en treinta años en una misma galaxia es, por lo general, algo bastante extraordinario, y más aún si recordamos que desde aquel 1604 hasta hoy, es decir, más de 400 años después, aún no ha aparecido ninguna otra en nuestra Vía Láctea (tuvimos, eso sí, y como premio de consolación, la SN 1987A en la Gran Nube de Magallanes). Kepler siguió estudiando a la estrella novedosa durante dieciocho meses, hasta que al cabo de dos años después del suceso publicaría un informe donde describía su estudio, De Stella Nova (“Sobre la estrella nueva”) y en donde, también, recoge algunas graciosas (para el nivel humorístico propio de Kepler) reflexiones sobre el fenómeno. Por ejemplo, Johannes se pregunta jocosamente si esa “estrella nueva” podría ser producto de alguna combinación aleatoria de los átomos en el cielo. En sus propias palabras: “Ayer, cuando estaba cansado de escribir, me llamaron para cenar y me sirvieron la ensalada que había pedido. «Me parece –dije– que si hubiesen estado volando por los aires durante toda la eternidad platos de peltre, hojas de lechuga, granos de sal, gotas de agua, vinagre, aceite y rodajas de huevo, sería posible al final que se reuniera todo por casualidad y formara una ensalada». «Sí –respondió mi amada– pero no una ensalada tan sabrosa como la que yo he hecho…»”.
Volviendo al fruto del trabajo entre Brahe y Johannes, aquél le había pedido a Johannes que estudiara específicamente el planeta Marte (fue una suerte, porque Marte tiene una órbita bastante excéntrica; de haber analizado el caso de Venus, por ejemplo, nunca hubiera descubierto sus Leyes…), porque su movimiento aparente era complejo y el más engorroso para hacerlo encajar en una órbita formada por círculos, fueran los que fueran (recordemos que además de la órbita ordinaria [el deferente], desde hacía siglos se habían introducido epiciclos y excéntricas en cantidades ingentes para tratar de describir el movimiento planetario lo más acorde posible con las observaciones). Ambos, Brahe y Kepler, se preguntaban qué tipo de movimientos reales descritos por la Tierra y por Marte en sus órbitas respectivas darían cuenta, conformes a las medidas efectuadas, del movimiento aparente del planeta rojo en el cielo.
Hasta después de Copérnico hubo dos axiomas astronómicos fundamentales que nadie, nunca, se había atrevido a discutir: los únicos movimientos celestes admisibles debían ser circulares y, en consecuencia, estrictamente uniformes. Kepler se encargaría de despedazar ambos, gracias a sus Leyes del movimiento planetario. Pero, ¿cómo llegó hasta ellas?
No del modo usual, desde luego. Kepler seguía sus intuiciones en busca de alguna relación entre los datos orbitales, las velocidades y las distancias de los planetas. Aquello que iba descubriendo y que, a sus ojos, parecía regular o constante, aquello que semejaba, aunque fuera una semejanza lejana, una conexión entre datos y geometría, le parecía indicar que había revelado alguna oculta simetría producto de la mente del Creador. Hubo multitud de ensayos que resultaron un fracaso; pero, en tres ocasiones, Kepler dio en el clavo. Y no fueron tres novedades baladíes; con ellas, Kepler iba a aniquilar la antigua astronomía, a colocar el Sol en el centro del universo, y a abrir la puerta a la moderna ciencia del mundo físico. Ahí es nada.
Un error bastante frecuente es suponer que la teoría copernicana es heliocéntrica; no lo es. Si así fuera, el centro del sistema estaría ocupado por el Sol, como su propio nombre indica; sin embargo, Copérnico situó ese punto en el centro del deferente de la Tierra, con lo que su sistema era helioestático. Kepler fue quien se encargó de otorgar a nuestra estrella el estatuto de rey del sistema solar, puesto que, tras calcular la órbita marciana partiendo de las tres teorías vigentes (geocéntrica, copernicana y tychónica), vio que el astrónomo polaco había complicado mucho las cosas al no poner al Sol en la posición central. Así que Johannes sintió una gran satisfacción (momentánea) porque, situando a la estrella en ese lugar privilegiado, mejoraba la armonía del conjunto. Kepler, pues, fue el primer defensor verdadero del heliocentrismo estricto; y, por ello mismo, fue el encargado de arruinar el copernicanismo como tal. Esa satisfacción de Johannes fue en parte motivada por sus creencias religiosas; recordemos que él veía en el Cosmos el reflejo de la Trinidad. ¿Y quién mejor que el Sol, luminoso y perfecto (por lo menos hasta que el telescopio descubriera, poco después, la manchas solares), para representar al Padre?
Sin embargo, esa alegría de Kepler no era completa. Acababa de detectar que, incluso colocando al sol en el lugar central, existía un error de ocho o nueve minutos de arco en la órbita marciana. Y, ahora, no se podía achacar ya a observaciones defectuosas. ¿Dónde estaba, pues, la causa de la imprecisión?


Lo podremos descubrir en la segunda parte del artículo...
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