jueves, 24 de mayo de 2018

Halley, el genial astrónomo que juraba y bebía brandy como un “lobo de mar”



Halley, el genial astrónomo
que juraba y bebía brandy
como un “lobo de mar”
Carlos Prego - Ene 20, 2018 - 10:05 (CET)


Edmund Halley, el prolífico astrónomo
que describió uno de los cometas
más famosos de la historia, tuvo
también un lado desconocido como
marinero y posible espía.

Durante el invierno de 1986 el cielo lució un
borrón blanquecino, una especie de bola
de nieve lanzada con fuerza contra
el firmamento nocturno. La misma estampa
se toparon los amantes de las estrellas
en 1910. Y en 1835. Y en 1759, 1682, 1607…
Antes de la era cristiana,
ya en el 239 a. C. los astrónomos
chinos habían avistado este peculiar
cuerpo celeste. Algunos expertos
afirman incluso –como recogía en 2010
un artículo del Journal of Cosmology
que se pueden encontrar menciones
en la Grecia clásica que se anticipan
en dos siglos a las de sus colegas asiáticos.
Hoy sabemos que detrás de todos esos
fenómenos se ocultaba el mismo responsable:
el cometa Halley.
El papa Calixto III creyó que el cometa
Halley era cosa del demonio y decidió
excomulgarlo
Hacia 2061 este peculiar viajero galáctico
volverá a asomarse a la Tierra para iluminar
a los octogenarios que siendo aún niños
lo contemplaron embobados durante su
último pase. Como le ocurrió al escritor
Mark Twain, hay vidas que “llegan y se van”
con esa imagen rutilante grabada
en la retina. Hoy se disfruta con fascinación.
Durante siglos hubo quien leyó en su
brillo vaticinios funestos.
En el Tapiz de Bayeux, por ejemplo,
se presenta como un adelanto de la
conquista normanda que sacudió
Inglaterra en 1066. Siglos después,
en 1456, el papa Calixto III interpretó
era cosa del demonio y decidió
excomulgarlo.


NASA/W. Liller (Wikimedia)
Aunque desde la Antigüedad grandes
observadores -Apiano, Kepler, Regiomontano
o Longomontano, entre otros- habían
reparado en el mismo trashumante
celeste, los ojos capaces de desentrañar
sus misterios fueron los de Edmond Halley.
Suyo es el mérito de calcular
su órbita elíptica en 1705 y anticipar
su regreso para finales de 1758
o primeros de 1759 gracias a
la teoría de la gravedad y las leyes
de la mecánica de Newton. El genio
de Halley le ha ligado para siempre
al astro que lleva su nombre.
Y de paso, le permitió dar un importante
espaldarazo a las teorías de su colega Newton.
Edmund Halley calculó la órbita elíptica
del cometa que lleva su nombre y
anticipó su regreso
“Halley no descubrió este particular
cometa. Hizo algo más importante” –
apuntaba John Noble Wilford a finales
de 1985 en el New York Times-. “Determinó
que los cometas no viajan en línea
recta o en órbitas parabólicas, que pasan
una vez para nunca ser vistos de nuevo;
sus órbitas son elípticas, una especie de
círculo aplastado”. Solo unos meses
después de ese artículo y pasados casi
tres siglos de la predicción de Halley,
en marzo de 1986 la sonda espacial Giotto
se aproximaba a escasos 600 km del
cometa, atravesaba su cola y aportaba
nuevos datos sobre el fascinante cuerpo celeste.
Edmund Halley, un Jack Sparrow
con telescopio
Por más brillante que sea la trayectoria
de este cometa no ensombrece la del
propio Edmund Halley, uno de los científicos
más fascinantes de los siglos XVII y XVIII.
Erudito versátil, dotado de una determinación
de acero, paciente… y un talante genuino
cuyo periplo distaba mucho del de sus
colegas de la Royal Society. Aunque a lo
largo de su vida se codeó con próceres
estuvo muy implicado en la sociedad
londinense, el astrónomo británico es
probablemente lo más parecido a un
Jack Sparrow con telescopio. Durante
su juventud protagonizó sonados líos de
faldas, vivió largas temporadas embarcado
como capitán de la Armada, se aficionó
a lanzar juramentos ante sus escandalizados
colegas de Londres y no ocultó su gusto
por el licor. Se sospecha incluso que durante
algunas épocas compaginó sus investigaciones
con el espionaje.
La alargada sombra de Isaac Newton deslució
en parte el legado intelectual de Halley
Cartógrafo, inventor de una campana
de buzo, poeta y traductor de obras
clásicas en latín, pionero en la elaboración
de mapas meteorológicos y tablas de
mortandad, figura decisiva que alentó
la publicación de los PrincipiaHalley
fue un sabio polifacético. Como apuntó
el físico Philip Morrison –miembro del
Proyecto Manhattan-, su gran “desgracia”
fue ser coetáneo precisamente del científico
más grande de la historia: Newton.
La alargada sombra de Sir Isaac deslució
en parte un legado intelectual de primera.
Uno de los episodios que mejor revela
la personalidad de Halley lo encontramos
a finales del siglo XVIII. Desentrañar los secretos
de las estrellas era entonces mucho más que
una ambición intelectual en Gran Bretaña. Sus
importantes aplicaciones para la navegación y,
sobre todo, el miedo a los progresos de Francia
en ese campo, habían llevado a la Corona inglesa
a construir el Observatorio Real de Greenwich
y nombrar en 1675 a un astrónomo real:
John Flamsteed. En ese contexto no resulta
extraño que cuando en 1693 Halley y su colega
de la Royal Society Benjamin Middleton
le propusieron al Ministerio de Marina
emprender una expedición para estudiar
el magnetismo terrestre y sus usos
para la navegación recibiesen un sí entusiasta.


Mike Peel (Wikimedia)
Halley ya gozaba por entonces de un
prestigio considerable. Años antes
había destacó en sus observaciones
de los cielos del hemisferio austral -
durante una expedición a la isla de Santa Helena-
y también había tenido tiempo de actuar
como “comadrona” de los Principia de Newton,
obra que llegó a financiar de
su propio bolsillo. Incluso se permitió
cuestionar la fecha de la creación, que
en su época se fijaba en el 4004 a.C.
A la vista de semejante currículum
la mismísima reina María II ordenó
que construyesen un pequeño navío
de 16 metros de eslora y 5 de ancho
para su expedición: el Paramore. El barco
se botó en 1694, pero no zarparía hasta
años después, en 1698. Antes se nombró
a Halley patrón y comandante, una
decisión inaudita como recuerda
el escritor John Gribbin: “Es el único
caso de un hombre al que, sin ser marinero,
se le haya dado un grado de oficial para actuar
como si fuera realmente capitán de un barco
de la Armada Real”.
Halley fue el primer hombre que, sin ser
marinero, consiguió el grado de capitán
de un barco de la Armada Real
Durante esa singladura de un año por el
Atlántico Sur Halley se comportó como
un lobo de mar. Uno de los retos a los
que tuvo que enfrentarse fue el enfado
de su primer lugarteniente, Edward Harrison,
un oficial de cepa al que no le hacía ni pizca
de gracia estar a las órdenes del astrónomo.
Con la ayuda de Harrison o sin ella,
la expedición fue un éxito y retornó
a Inglaterra en 1699. Halley no tardó
ni tres meses en lanzarse de nuevo
al mar para continuar con sus observaciones
del magnetismo. En 1701 volvía a
tomar el timón del Paramore para
estudiar las mareas en el canal de
la Mancha. Hoy en día se sospecha
que, además de su trabajo científico,
tenía encomendadas labores de espionaje
e inspección de las defensas galas.
A su regreso a Gran Bretaña se presentó
la oportunidad que Halley llevaba años
esperando para ocupar la Cátedra Saviliana
de Geografía de Oxford. Aunque logró
acceder a la plaza en 1704 no todos sus
colegas lo veían un candidato idóneo.
Queda para la historia uno de los comentarios
que hizo John Flamsteed cuando se quejaba
de cómo el astrónomo había regresado de
sus aventuras en alta mar.
Ahora habla, jura y bebe brandy como un capitán
de la Marina –lamentó el astrónomo real. Parece que
por esa época a Halley le gustaba además que
se refirieran a él como “capitán”.
Aunque hay motivos para pensar que
Flamsteed era un hombre de carácter
complicado –durante años mantuvo
“secuestrados” las mediciones tomadas
en Greewich alegando que la Corona no
había financiado su labor- y que bien pudo
molestarle el nuevo talante del “capitán
Edmond”, sus reparos enraizaban
probablemente bastantes años atrás.
Cuando Halley era un veinteañero
protagonizó varios escándalos amorosos
que no casaban muy bien con la sobriedad
del observador real. El más sonado fue el
que circuló con la mujer del viejo
astrónomo Johannes Hevelius. Se cuenta
que cuando Halley lo visitó en Danzing,
en 1679, para consultar sus mediciones,
hizo algo más que buenas migas con la
joven esposa del polaco. Verdad o rumor,
la realidad es que cuando tiempo después
le llegó el bulo de que Johannes había
muerto se apresuró a enviarle a su
viuda un lujoso vestido de seda.
Tal y como había previsto, el cometa Halley
se dejó ver de nuevo desde la superficie
terrestre, aunque el astrónomo, ya fallecido,
no pudo contemplarlo
Ya en su cátedra, Halley publicó
en 1705 A Synopsis of the Astronomy
of Comets, obra en la que avanzaba
que el astro que había observado en
1682 regresaría hacia 1758. A lo largo
de su vejez, “el capitán” se mantuvo activo
y prolífico. En 1720 –tras la muerte de
Flamsteed- ascendió al cargo de
astrónomo real. El viejo bucanero
falleció el 14 de enero de 1742, con
85 años, sin la oportunidad de ver
confirmadas sus grandes previsiones.
El tiempo sin embargo le dio la razón
más allá de la tumba. El cometa que
hoy luce su nombre se dejó ver de nuevo
tras la Navidad de 1758 y en 1761 y 1769
ocurrió lo mismo con los tránsitos de
Venus que también había predicho.
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