viernes, 8 de junio de 2018

Alan Bean, el “artista-explorador” del ‘Apolo 12’

Alan Bean, el “artista-explorador”
del ‘Apolo 12’
El astronauta, recientemente fallecido,
fue el cuarto ser humano en pisar
la Luna y pintor a tiempo total desde
que se retirara de la NASA en 1981
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Alan Bean, en una imagen de la NASA. NASA
“Se lo digo frecuentemente a mucha gente:
yo soy el tipo con más suerte que hayan
conocido; probablemente yo sea el tipo
más afortunado con el que hayas hablado
nunca. He tenido más suerte de la que
debería haber tenido en un centenar de
vidas”. Estas palabras me las dijo Alan
Bean, el piloto del módulo lunar del Apolo 12,
cuarto ser humano en pisar la Luna y
pintor a tiempo total desde que se retirara
de la NASA en 1981. Alan Bean nos
ha dejado este 26 de mayo. Se fue feliz,
convencido de haber sido un hombre
“bendecido en la vida”.
Alan Bean ostenta el título de ser
el único pintor que ha visitado
otro mundo
Cuando conoces a un piloto de combate
y piloto de pruebas de la Marina, piloto
del módulo lunar en el Apolo 12 y
comandante de la misión Skylab II (SL-3),
no esperas descubrir a alguien con
una dimensión humana y una vocación
artística tan marcadas. Aunque su nombre
no es el primero que se viene a la cabeza
cuando se habla del programa Apolo, y tampoco
lo es cuando se habla del mundo
del arte, Alan Bean
ostenta el título de ser el único pintor
que ha visitado otro mundo.
Se consideraba un “artista-explorador”,
“en ese orden”, me dijo. Ya asistía a clases
de pintura mientras crecía como piloto
y quiso entregarse a la pintura tras su paso
por la NASA para, a través de sus lienzos,
contar historias acerca de la gran aventura
que fue Apolo, para reflejar escenas que en
la Luna vivieron sus pioneros visitantes
o para recrear realidades que él y otros
viajeros habrían deseado que hubieran
tenido lugar, como cuando en Tracy’s Boulder
pintó en el polvo lunar acumulado sobre
una roca el nombre de la hija de
Gene Cernan que este no llegó a delinear
con sus dedos mientras trabajaba junto
a esa roca en el Apolo 17 pues reparó
en ello con arrepentimiento tras su regreso
a la Tierra; o como cuando en The Fantasy
incluyó a Dick Gordon en la Luna junto
a él y al comandante, Pete Conrad,
a pesar de que Dick era el miembro
de la tripulación en el Apolo 12 que quedaba
en órbita lunar sin descender al satélite.
Tal vez, de alguna manera, fue por poseer una
mentalidad un tanto más marcada por su sensibilidad
artística que le costó encontrar su lugar en la NASA,
tras la frustración de un primer rechazo que hirió
su autoestima y de cuya decepc
ión se repuso reflexionando que él seguía
siendo en realidad la misma persona que,
segura de sus facultades y aptitudes,
se había presentado al proceso de selección
en la primera oportunidad, revertiendo
así el sentimiento de infravaloración propia
en el que tantas veces se incurre tras el fracaso.
Fue Pete Conrad quien le enseñó
a desenvolverse con eficacia
en el nuevo entorno de la NASA
al que Alan no acababa de adaptarse
Fue Pete Conrad quien le enseñó a
desenvolverse con eficacia en el nuevo
entorno de la NASA al que Alan no
acababa de adaptarse. Era imposible
que la figura de Pete Conrad no surgiera
en algún momento durante
una conversación con Alan Bean. Era patente
el profundo cariño que siempre sintió
hacia él, hacia su comandante y mejor
amigo, a quien admiraba por su liderazgo,
siempre integrador, y por su gran
calidad humana.
Piloto
Nunca pudo agradecerle lo suficiente
que Pete le dejara pilotar un rato
el módulo lunar en el Apolo 12.
En contra de lo que se pueda pensar,
el piloto del módulo lunar hace las veces
de un ingeniero de vuelo y no pilota
esta nave, sino que lo hace el comandante
de la misión; sin embargo, cuando volaban
a bordo de la etapa de ascenso del módulo
lunar al encuentro del módulo de mando
y servicio que los esperaba en órbita
alrededor de la Luna, Pete le dijo si quería
maniobrar la nave. Aquellas serían maniobras
no planeadas de cuya ejecución se percatarían
en el control de la misión en Houston,
pero Pete había pensado en eso:
lo harían detrás de la Luna, cuando
su travesura no podría ser observada desde tierra.
“Fue muy divertido”, me dijo. Maniobró
la nave de un lado a otro, jugó con su
orientación y, finalmente, la devolvió
a la condición que Houston esperaba
ver cuando se hicieran visibles a la Tierra
tras su aparición por el horizonte lunar,
como si nada hubiera ocurrido. Alan Bean
preguntó a las tripulaciones Apolo posteriores
si habían hecho algo así, si el comandante
había ofrecido a su segundo probar a pilotar
la nave. Pero aquel episodio solo se dio
en el Apolo 12, convirtiendo a Alan Bean
en el único piloto de un módulo lunar
que llegó a pilotar uno durante un vuelo.
Estaban entrenados para afrontar
con éxito multitud de situaciones
de emergencia, pero aquella
situación era una “pesadilla”
que superaba todo lo que habían
visto antes
El episodio constituyó para él un momento
feliz a resaltar en el Apolo 12, así como
lo fue sentir el alivio que siguió a los
momentos de tensión que tuvieron
lugar durante el lanzamiento, cuando
en el segundo 37 de vuelo las alarmas
y luces de emergencia empezaron a salpicar
todo el panel de instrumentos en la cabina
sin motivo aparente, todo ello en mitad
de las intensas sacudidas y vibraciones
propias de los bruscos dos primeros minutos
y medio del lanzamiento de un Saturno V,
ese gigante de 110 metros de altura y 3.000
toneladas por el que se dejó engullir y que
Alan Bean decía sentir como un ente vivo.
“No sentí miedo”, me dijo, “no tuve miedo de morir”.
Ese pensamiento ni si quiera se le pasó
por la cabeza. Pensó en lo que debía
hacer para tratar de resolver la situación,
pero la tripulación se vio desprovista
de recursos, eran más alarmas y luces
de las que los tres hubieran visto jamás
en ningún entrenamiento. Las anomalías
se acumulaban con el transcurrir de los
segundos; uno por uno, fueron perdiendo
sistemas; todo se estaba viniendo abajo y
tampoco desde tierra tenían respuesta para
lo que estaba sucediendo. Estaban entrenados
para afrontar con éxito multitud de situaciones
de emergencia, pero aquella situación era una
“pesadilla” que superaba todo
lo que habían visto antes.
El Apolo 12 logró el objetivo más relevante
del vuelo: realizar el primer alunizaje de precisión
Alan Bean decía que es un mito que
los pilotos de pruebas siempre tomen
decisiones de forma instantánea ya que
un gran porcentaje de las decisiones que
se tomen de forma apresurada serán
erróneas. Un buen piloto se tomará
el tiempo que pueda y que las circunstancias
permitan antes de actuar en una crisis.
A pesar de la situación caótica, el Saturno V
volaba adecuadamente. Eso era entonces
lo importante, y lo que había que reconocer
bajo la enorme presión y el caos del momento,
algo que podría confundir a quien no fuera
un experimentado piloto de pruebas. Un minuto
después de iniciada la crisis, desde
Houston se les transmitió finalmente
lo que debían hacer para resolver la
situación, que más tarde se pudo saber
que fue debida a que el Saturno V había
sido alcanzado por dos rayos durante
el primer minuto de su ascenso.
Sin televisión
La misión del Apolo 12 fue un éxito,
y en ella se cumplieron todos los objetivos
marcados, aunque no se dio sin una
nota negativa que tuvo a Alan Bean como
protagonista ya que fue por su causa que
el mundo se quedó sin transmisión televisiva
desde la Luna en el Apolo 12. Apuntó la cámara
al Sol, y eso era suficiente para que la cámara
que portaban a la Luna quedara inutilizada. Estaba
seguro de que se lo habían advertido,
pero admitía que se le olvidó.
Aquello, sin embargo, no empañó el hecho
de que en el Apolo 12 se logró el objetivo
más relevante del vuelo: realizar el primer
alunizaje de precisión, gracias al que Pete
y Alan pudieron posar el módulo lunar
Intrepid en el Océano de las Tormentas
a tan solo 164 metros de la sonda Surveyor III,
enviada a la Luna en 1967, y situada
en el cráter central de un conjunto
de cinco cráteres al que llamaban snowman
por insinuar la figura de un muñeco
de nieve que era la referencia visual
para Conrad durante el alunizaje. No podía
haber nombres más evocadores para
ser los ingredientes de una gran gesta. Cuando
oías a Alan Bean hablar acerca del Intrepid,
del Snowman y del Océano
de las Tormentas, te sentías como
un niño seducido por una historia
digna del mejor libro de aventuras.
"Nunca me oirás quejarme
de nada en mi vida”
La experiencia lunar le resultó “surrealista”,
difícil de racionalizar. Durante toda la vida,
uno ve la Tierra bajo los pies y ve la Luna
cuando alza la mirada al cielo, pero allí arriba
esa situación cotidiana estaba invertida;
y no solo eso, su vecino y amigo, Pete Conrad,
estaba con él en ese mundo desolado en el
que durante un tiempo ellos dos fueron sus
únicos habitantes, un mundo con el que tanto
contrastaba aquel teñido de azul y blanco del
tamaño de una canica que tenían sobre
sus cabezas, el mundo del que provenían
y al que Alan Bean llamó a partir de entonces “el Paraíso”.
Así es como la Tierra se reveló para él;
así es como la sintió al verla desde la Luna:
“el Paraíso terrenal es la Tierra entera,
nuestro lugar en el Cosmos”. El profundo
contraste entre el mundo gris con cielo
negro, yermo y estático que visitó, y los
colores, el movimiento y la vida de
la Tierra, transfiguró la conciencia
del piloto del módulo lunar del Apolo 12.
Aquella disparidad de naturalezas
tan marcadamente opuestas de la que
fue un testigo privilegiado cambió su
percepción del mundo del que provenía
y de la humanidad a la que pertenecía.
Regreso
A su regreso de la Luna, en más de una
ocasión se podía encontrar a Alan Bean
en algún gran centro comercial degustando
relajadamente un helado mientras se recreaba
únicamente en el bullicio de la gente y disfrutaba
de observar su constante tránsito aleatorio,
algo insustancial para el común de los mortales
pero que ahora gozaba de un significado trascendente
y profundo para una conciencia que
se había expandido a una realidad más amplia.
Nunca volvió a quejarse de nada,
ni de la gente ni del tráfico ni del tiempo…,
“nunca me oirás quejarme de nada
en mi vida”, me dijo. Le recuerdo
absolutamente feliz, siempre cercano,
siempre jovial, y me pregunto si, más
que por otras razones, no sería sino por
haber vivido las consecuencias de haber
sentido trascender su conciencia que Alan Bean
estuvo seguro de haber sido el tipo más afortunado
con quien yo hubiera hablado nunca, más afortunado
incluso de lo que pudiera haber
sido en un centenar de vidas.
Eduardo García Llama (@egarciallama) es físico
e ingeniero en operaciones espaciales en el Centro
Espacial Johnson de la NASA en Houston.

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